Por Ángel Rosendo

Ayer estuve facilitando una importante asamblea en una cooperativa. En el orden del día teníamos entre otros, dos temas que por su trascendencia para la organización hubieran podido ocupar una asamblea cada uno. El primero de ellos era la modificación de varios artículos de los estatutos de la cooperativa. El otro la elección de la nueva directiva y los interventores.

De las muchas cosas que podría nombrar que se vivieron durante el proceso, me gustaría centrarme en una pregunta que una cooperativista lanzó en el último punto del orden del día, en el “Ruegos y Preguntas”. Recién elegida la nueva directiva la cuestión que hizo fue: “Y cuando empecemos a sentirnos mal con la directiva ¿qué podemos hacer?”.

Al margen de las risas que provocó con comentarios tales como… “dales por lo menos un par de horas de margen” o similares, pude entender que había una llamada de auxilio tras sus palabras.

Analizando la pregunta, podemos destacar que, en la propia formulación, se habla de la inevitabilidad del conflicto. A su vez, podemos adivinar que no se dispone de una estructura, espacio o protocolo para abordar este u otros que pudieran surgir en la cooperativa.

Resulta curioso que, sabiendo que los conflictos forman parte de nuestra vida y por lo tanto de las actividades que realizamos en cualquier ámbito (familiar, laborar, etc), no nos dotemos de un “espacio de seguridad” para abordarlos. Sobre todo teniendo en cuenta el reto que nos plantean y que nuestro bienestar cotidiano depende en gran medida de ello.

En general, pero sobre todo en el ámbito laboral, somos capaces de construir estructuras que nos hacen más eficaces, productivos, competitivos, etc. Estructuras de mando, equipos de trabajo, departamentos,… conforman los organigramas de innumerables organizaciones de todo tipo. Así mismo, ponemos en marcha, sacando tiempo para ello, procesos tales como: reuniones de equipos, asambleas, análisis de resultados, gestión de compras, etc.

De igual manera, es necesario generar estructuras y protocolos para abordar los malestares y conflictos que surgen en el día a día de los grupos. Deberíamos dotarlos de tiempo, y presupuesto en su caso, para generar confianza y mejorar el bienestar general.

Si los estudios psicológicos avalan que el sustrato emocional en las personas determina el racional, de igual forma, el estado anímico-relacional de una organización condicionará el quehacer diario a nivel estructural y, sobre todo, de los procesos de la organización.

Mi respuesta a esta cooperativista fue, que sería interesante que se plantearan crear algún “espacio de seguridad” en el que poder abordar y expresar lo que queda en el plano emocional del grupo. Lo que habitualmente metemos “debajo de la alfombra”, que todos sabemos que está ahí y que nos da miedo abordar. Que se dieran de forma regular un tiempo, literalmente hablando, en el que poder expresarse “desde otro lugar” para conectar con lo que el día a día les pudiera hacer sentir y poder compartirlo.

Para muestra un botón. En las dos organizaciones a las que pertenezco en este momento, y de las que soy miembro activo, tenemos creadas estas estructuras. En todas nuestras reuniones presenciales dedicamos parte del tiempo a abordar estos temas. En una de ellas, la estructura que se encarga de ello, la hemos nombrado como “Círculo de Comunidad”, en la otra “Comisión de Cuidados”.

Llamarlas como queráis de acuerdo con vuestra cultura de grupo, pero es tiempo de poner energía y recursos en estos aspectos que tenemos tan descuidados, y que son tan necesarios para todas las organizaciones.