Por “Aua” Miguel Plaza

En una ocasión, escuché mencionar a Mauge Cañada que las personas que formamos parte de los grupos estamos situadas en su contorno, ni dentro ni fuera, somos parte del contorno del grupo.

Si visualizamos un grupo como un círculo, podríamos pensar que para formar parte del grupo, habríamos de estar situadas como puntitos en el interior del círculo, y si no fuéramos parte del grupo, estaríamos situadas como puntitos fuera de ese círculo.

Imaginemos ahora que las personas que formamos parte de un grupo estamos situadas sobre la línea de la circunferencia, esto es, justo en su contorno. De esta manera cada persona tendrá una parte de ella dentro del grupo y otra fuera. ¡Esto es un alivio! Un alivio para las personas, porque quiere decir que para ser parte de un grupo no necesitamos ser 100% afines con el grupo, ni comportarnos exactamente según los patrones de conducta valorados en el grupo en cada momento. Y por otro lado, un alivio para el grupo, pues el grupo no fue creado para satisfacer el 100% de las necesidades personales de cada una de las personas que lo integran, y puede haber partes de las personas que no caben en ese grupo, o necesidades personales que no tienen porqué ser satisfechas a través de ese grupo.

¿Y de qué se componen estos contornos de los grupos? La línea límite de ese contorno (que es, por supuesto, móvil) suele estar construida en un momento dado por los sentimientos que son bloqueados por el grupo y las personas, por las creencias del grupo, por sus “absolutos” (“lo que se puede hacer o decir aquí, y lo que no se puede”, “lo que somos” y “lo que no somos”, los estilos permitidos y los que no…). De este modo, en cada momento habrá una parte de cada persona del grupo, mayor o menor, que se sitúe dentro del círculo, y otra que se sitúe fuera, pues de manera inevitable, no somos 100% iguales y dentro de los grupos hay diversidad (se exprese ésta o esté reprimida).

¿Qué me encuentro con cierta frecuencia en los grupos? Que tendemos a negar cierta diversidad, que la parte mía que no cabe en el colectivo, que se sale fuera del círculo, la escondo, para no ser inapropiada/o en ese colectivo, para no dejar de ser apreciada/o. Y así construimos la falsa sensación de estar todas las personas del grupo contenidas dentro del círculo, de ser muy parecidas en la superficie. Sin embargo, las partes fuera del círculo existen; son las que a veces tienen dudas respecto al operar del grupo, las que tienen otros sentimientos que no mostramos para no salirnos de lo que está bien visto en el grupo, las que no se identifican con lo que está sucediendo en el grupo, las que necesitan otras influencias y espacios para nutrirse, etc. Aunque pueda parecer extraño, los grupos se cohesionan en la medida en que generan espacios seguros para poder traer a lo visible esa diversidad que existe y comenzar a acogerla y reconocerla.

Es la metáfora de la cuerda, la tensión unidad – diversidad: si en un colectivo hay una alta homogeneidad, la tensión de la cuerda es prácticamente inexistente, está fofa. Según vamos pudiendo traer a lo visible cierta diversidad dentro del grupo, y ésta puede ser acogida por el grupo, le vamos dando un poquito más de tensión a esa cuerda. Y una cuerda afinada, con la tensión adecuada, puede producir música. Es en esa música donde los grupos se cohesionan a un nivel más profundo, donde exploran su diversidad y ponen en valor la abundancia presente en el grupo, donde acceden más fácilmente a su inteligencia y sabiduría colectivas. Y a la vez, esta tensión tiene límites, ¿Qué pasa si seguimos aumentando la tensión de esa cuerda, añadiendo más y más diversidad? Pues que la cuerda puede acabar por romperse por la sobretensión.

Cuando comenzamos a generar los espacios seguros para poder mostrar nuestra diversidad dentro del grupo y acogerla, estamos generando la confianza, favoreciendo la transparencia. Para mí es importante acompañar al grupo del siguiente modo: comenzar por trabajar primero qué es lo que nos une y reconocerlo, para poder acceder después a indagar qué nos diferencia, que no tiene porqué ser lo que nos separa, ojo. Con ello, reconociendo lo que nos une, comenzamos a construir la cohesión. Y la fortalecemos cuando podemos empezar a traer a lo visible esa diversidad en un espacio en que el grupo pueda empezar a acogerla y reconocerla. Y al hacerlo, hay una parte nuestra aliviada al saber que, aunque nombre algo que puede salirse del “manual de conducta” del grupo, será escuchado e integrado como la vivencia de una parte del grupo. Y, a veces, estas vivencias “marginales” podrán encontrar resonancia en otras partes del grupo y esto nos permitirá iniciar una indagación colectiva en la que quizás podamos actualizar alguna parte de nuestra identidad como grupo o nuestras identidades como personas que formamos parte del grupo.

Este tipo de labor con los grupos la hacemos desde un espacio de gestión grupal que a veces no es tan conocido aún: el espacio para la gestión emocional del grupo y para la transformación del conflicto. Construimos un espacio en el que podemos relacionarnos de persona a persona (más allá de los encuentros entre roles que se dan en los espacios más organizativos como la asamblea, que es el espacio formal para la toma de decisiones y para la parte organizativa del proyecto). Tratamos de generar un espacio seguro en el que podemos nombrar las cosas difíciles antes de que sea demasiado tarde, en el que tejemos un red fuerte que nos cohesiona como grupo.

Cuando exploramos con un grupo su contorno, estamos indagando en la parte del grupo como sistema vivo, cambiante. Facilitamos que el grupo y las relaciones personales dentro de él puedan evolucionar gracias a las personas, y viceversa, que las personas puedan evolucionar a través del grupo. Digamos que nos interesa, más allá de los absolutos, entender qué valores nos unen y entender la posible diversidad de estrategias de que disponemos como grupo para llevarlos a cabo. Entender que los grupos estamos vivos, somos sistemas complejos dinámicos, y que el equilibrio en un grupo es también dinámico, no es que lleguemos a él, si no que nos acercamos y alejamos constantemente.

Los sistemas vivos disponemos de membranas para relacionarnos con el entorno e intercambiar sustancias. En ello nos va la vida. Y los grupos disponen de una membrana, en la que, entre otros elementos, nos situamos las personas, como elementos permeables que pueden enriquecer al grupo y aportar cambio, y que, a su vez, pueden ser enriquecidas por el grupo y apoyadas en su proceso de cambio.